El Fray Bartolomé Arrazola se pierde en la selva guatemalteca y es encontrado por un grupo de indígenas mayas que se proponen sacrificarlo. Para salvarse, el fraile amenaza a los indios con obscurecer el cielo, ya que ese día ocurriría un eclipse solar. Finalmente, los indígenas lo sacrifican, mientras uno de ellos recita las fechas de los eclipses pasados y las de los que ocurrirían en el futuro
CONFLICTO
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar que al Fray le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo. Quien al mismo tiempo no queria morir. En este momento trata de persuadirlos con su conocimiento para engañar a sus opresores y salvar su vida.
SECUENCIA
INICIO Fray Bartolomé perdido, en la selva guatemalteca, se siento opresado, y que no se podia salvar, decidio sentarse a esperar tranquilamente su muerte.
DESARROLLO un grupo de indigenas se disponen a sacrificarlo, el cree que es la mejor solución a todo, pero reacciona y ya no le parece muy bien la idea de morir sacrificado. Se vale de que podia hablar una pocas palabras en su lengua para poderse comunicar y persuadirlos de que no lo mataran.
CLIMAX Se le ocure la grandiosa idea hacer uso de sus conocimientos para engañar a sus opresores con el tema relacionado al un eclipse y les dice -"si me matais, puedo hacer que el sol se oscurezca en las alturas. Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos, vio que se produjo un pequeño consejo, y espero confiado, no sin cierto desden."
DESENLACE Fray Bartolomé es sacrificado. " Dos horas despues el corazón de fray Bartolomé chorreaba sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios..., mientras uno de los indígenas recitaba...... las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares...."
OPOSICION
"conocimiento" del Fray vs. "ignorancia" de los indígenas ignorancia del Fray vs. conocimiento de los indígenas vida vs. muerte conoce el idioma vs. no logra persuadirlos ironía vs. realidad
TIEMPO
Pasado
ESPACIO
Selva Altar de sacrificios (piedra de los sacrificios)
PROPUESTA IDEOLOGICA
Etnocentrismo, porque muestra una manera de superioridad ante los indígenas.
Pero que al final rechaza con la frase " ...sin la valiosa ayuda de Aristoteles."
Casa Tomada es un cuento del escritor argentino Julio Cortázar. "El primero", según bastantes críticos.
Aparecido por primera vez en la revista Anales de Buenos Aires, publicada por Jorge LuisBorges, fue recogido en el volumen Bestiario, de 1951. El cuento —un ejemplo temprano de las narracionesfantásticas cortazarianas— comienza de manera realista e introduce paulatinamente un ambiente de distorsión de las leyes naturales.
Entre los recursos que se harían habituales en el cuento de Cortázar se cuentan el uso de signos gráficos (en este caso, paréntesis) como reflejo de la censura.
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los secretos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé porqué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pull-over está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba a hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esta parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica , y la puerta central daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente del pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por le pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso se lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui hasta el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
—¿Estás seguro?
Asentí.
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
—No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadrito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene se los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos ahí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alto voz, me desvelaba en seguida).
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí el ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y en el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta el cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.
—No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
Narra como dos hermanos son expulsados de su propia casa familiar a causa de “algo” que se va apoderando de ella, desplazándolos poco a poco a lo largo de las habitaciones de la casa, hasta la calle.
El protagonista y su hermana Irene (la coadyuvante de la historia) se resisten a abandonarla, lamentando tan solo las pérdidas que les ocasiona ese “algo” cada vez que toma una parte de la casa. Pero, cuando esta es tomada completamente, no tienen más remedio que dejarla, llevándose únicamente consigo un reloj y la llave de la casa, de la cual se deshacen tirándola por la cloaca.
Al personaje principal, al igual que a su hermana, le gusta la casa por ser espaciosa y antigua y, además, por guardar los recuerdos de su familia. Él es un hombre culto, amante de la literatura francesa. Ella una mujer tranquila y sencilla a la que le gusta pasar el día tejiendo. Ambos viven la situación como si nada estuviera pasando, no se sienten asustados, se toman la apropiación de la casa por lo desconocido como algo normal e irremediable.
Viven solos, tan solo acompañados por lo que se apodera de casa. Realizan las tareas de limpieza juntos, cooperando por igual. No trabajan, el dinero les llega de los campos que, posiblemente, poseen y explotan sus trabajadores. En vez de hermanos, su relación parece más bien la de una pareja bien avenida.
Conflicto La autoritaria con la que dispusieron y se apoderaron de la casa, logrando así que los hermanos no puedan habitar en ella tranquilamente.
Secuencias
Situación inicial:Irene y su hermano habitan tranquilamente en toda la casa en donde guardan muchos recuerdos bonitos de su infancia.
Proceso: Durante la narrativa la casa es tomada por partes, mientras los hermanos tratan de ignorar lo que está aconteciendo.
Situación final: Los hermanos son obligados a salir de su casa debido a que está fue tomada en su totalidad, llevándose consigo únicamente las llaves para cerrarla.
Oposiciones
Irene y su hermano - Unión Los hermanos – Los que toman la casa Herencia – Perdida Tranquilidad – Inestabilidad Alegría – Tristeza
Espacios
Buenos Aires La cocina La sala Los dormitorios Baño Los pasillos
Ideologia Izquierda, Comunista
domingo, 16 de marzo de 2008
Conducta en los velorios
No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente. En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.
Conducta en los velorios
No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente. En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes pero el Jardín Botánico es un parque dormido en el que uno puede sentirse árbol o prójimo siempre y cuando se cumpla un requisito previo. Que la ciudad exista tranquilamente lejos.
El secreto es apoyarse digamos en un tronco y oír a través del aire que admite ruidos muertos cómo en Millán y Reyes galopan los tranvías.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes pero el Jardín Botánico siempre ha tenido una agradable propensión a los sueños a que los insectos suban por las piernas y la melancolía baje por los brazos hasta que uno cierra los puños y la atrapa.
Después de todo el secreto es mirar hacia arriba y ver cómo las nubes se disputan las copas y ver cómo los nidos se disputan los pájaros.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes ah pero las parejas que huyen al Botánico ya desciendan de un taxi o bajen de una nube hablan por lo común de temas importantes y se miran fan ticamente a los ojos como si el amor fuera un brevísimo túnel y ellos se contemplaran por dentro de ese amor.
Aquellos dos por ejemplo a la izquierda del roble (también podría llamarlo almendro o araucaria gracias a mis lagunas sobre Pan y Linneo) hablan y por lo visto las palabras se quedan conmovidas a mirarlos ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes pero es lindísimo imaginar qué dicen sobre todo si él muerde una ramita y ella deja un zapato sobre el césped sobre todo si él tiene los huesos tristes y ella quiere sonreír pero no puede.
Para mí que el muchacho está diciendo lo que se dice a veces en el Jardín Botánico
ayer llegó el otoño el sol de otoño y me sentí feliz como hace mucho qué linda estás te quiero en mi sueño de noche se escuchan las bocinas el viento sobre el mar y sin embargo aquello también es el silencio mírame así te quiero yo trabajo con ganas hago números fichas discuto con cretinos me distraigo y blasfemo dame tu mano ahora ya lo sabés te quiero pienso a veces en Dios bueno no tantas veces no me gusta robar su tiempo y además está lejos vos estás a mi lado ahora mismo estoy triste estoy triste y te quiero ya pasarán las horas la calle como un río los árboles que ayudan el cielo los amigos y qué suerte te quiero hace mucho era niño hace mucho y qué importa el azar era simple como entrar en tus ojos dejame entrar te quiero menos mal que te quiero.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes pero puedo ocurrir que de pronto uno advierta que en realidad se trata de algo más desolado uno de esos amores de tántalo y azar que Dios no admite porque tiene celos.
Fíjense que él acusa con ternura y ella se apoya contra la corteza fíjense que él va tildando recuerdos y ella se consterna misteriosamente.
Para mí que el muchacho está diciendo lo que se dice a veces en el Jardín Botánico
vos lo dijiste nuestro amor fue desde siempre un niño muerto sólo de a ratos parecía que iba a vivir que iba a vencernos pero los dos fuimos tan fuertes que lo dejamos sin su sangre sin su futuro sin su cielo un niño muerto sólo eso maravilloso y condenado quizá tuviera una sonrisa como la tuya dulce y honda quizá tuviera un alma triste como mi alma poca cosa quizá aprendiera con el tiempo a desplegarse a usar el mundo pero los niños que así vienen muertos de amor muertos de miedo tienen tan grande el corazón que se destruyen sin saberlo vos lo dijiste nuestro amor fue desde siempre un niño muerto y qué verdad dura y sin sombra qué verdad fácil y qué pena yo imaginaba que era un niño y era tan sólo un niño muerto ahora qué queda sólo queda medir la fe y que recordemos lo que pudimos haber sido para él que no pudo ser nuestro qué más acaso cuando llegue un veintitrés de abril y abismo vos donde estés llevale flores que yo también iré contigo.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes pero el Jardín Botánico es un parque dormido que sólo despierta con la lluvia.
Ahora la última nube a resuelto quedarse y nos está mojando como alegres mendigos.
El secreto está en correr con precauciones a fin de no matar ningún escarabajo y no pisar los hongos que aprovechan para nadar desesperadamente.
Sin prevenciones me doy vuelta y siguen aquellos dos a la izquierda del roble eternos y escondidos en la lluvia diciéndose quién sabe qué silencios.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes pero cuando la lluvia cae sobre el Botánico aquí se quedan sólo los fantasmas.
.....Todo lo llenas tú, todo lo llenas..... es increible como alguien puede llegar a ocupar TODO y mas increible el gran vacio que deja cuando ya no esta.
Cuando alguien escribe algo como esto, ha de sentir el vacio de la ausencia del ser que ama, Neruda sin duda alguna sentia un vacio que hizo que escribiera algo tan extraordinario como esto.
Hemos perdido aún este crepúsculo. Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas mientras la noche azul caía sobre el mundo.
He visto desde mi ventana la fiesta del poniente en los cerros lejanos.
A veces como una moneda se encendía un pedazo de sol entre mis manos.
Yo te recordaba con el alma apretada de esa tristeza que tú me conoces.
Entonces, dónde estabas? Entre qué genes? Diciendo qué palabras? Por qué se me vendrá todo el amor de golpe cuando me siento triste, y te siento lejana?
Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo, y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.
Siempre, siempre te alejas en las tardes hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.
Este escrito verdaderamente llega al corazón y a lo mas fondo del ser.
Solo Neruda pudo escribir algo tan sublime como esto, hay partes que verdaderamente impactan.
Cuando se lee o escucha detenidamente hace que nos traslademos a este tiempo y espacio, verdaderamente todos pasamos tiempos de amor y desamor, lo mas grande del ser humano es poder aceptar el presente. y estar agradecidos por lo que pasamos ya sea bueno o malo, fue un momento solo de nosotros y nunca se volvera a repetir.
Me impacta esta parte "...Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.Mi voz buscaba el viento para tocar su oído....Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido..."
El amor es una de las cosas mas hermosas que el ser humano puede experimentar, puede ser la mejor de las experiencias o la peor de ellas....hasta poder decir...Puedo escribir los versos más tristes esta noche........
A CONTINUACION SE PRESENTAN LAS CORRIENTES LITERARIAS MAS IMPORTANTES PARA LA ORIENTACION DE LECTOR.
el Barroco—(Baroque) llamado también la Edad o Época Barroca; el siglo XVII; lo caracteriza una superabundancia de elementos ornamentales; la belleza está en la complejidad: expresión retorcida, elementos accesorios, metáforas y juegos de palabras. En la literatura hispánica, sus dos vertientes son el conceptismo y el culteranismo.
el Boom— (Latin-American Boom) El Boom Latinoamericano hace referencia a la literatura hispanoamericana publicada durante el tercer cuarto del siglo XX que dio difusión en Europa a los autores del sur del continente americano. Las novelas del Boom se distinguen por tener una serie de innovaciones técnicas en la narrativa, como el Realismo mágico y Lo real maravilloso. Escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias, Álvaro Mutis, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, José Lezama Lima, Carlos Fuentes o Juan Rulfo, son los mejores representantes de esta “corriente”.
el clasicismo— (classicism) tendencia del Renacimiento basada en la tradicion grecolatina; cree, con el filósofo griego Protágoras, que el ser humano es la medida de todas las cosas; la belleza está en la proporción y la armonía.
el conceptismo— (metaphysical poetry) fenómeno barroco que predomina en la prosa; quiere renovar las ideas y no la sintaxis ni el léxico; intenta expresar sus ideas con el mínimo de palabras posibles y un mordaz sentido del humor; la belleza está en el ingenio y la sutileza de los conceptos. Lo caracterizan juegos de palabras, antítesis, metáforas anormales, transiciones bruscas y retruécanos. En la práctica se diferencia poco del culteranismo.
el costumbrismo— (customism) tendencia literaria que refleja las costumbres de un país o región; predomina en la narrativa.
el culteranismo— fenómeno barroco que predomina en la poesía; quiere renovar la sintaxis y el léxico y no las ideas; busca la melodía del lenguaje y la originalidad de la palabra; prefiere los latinismos; la belleza está en intensificar los valores clásicos del Renacimiento; intenta lograr metáforas y analogías brillantes y sorprendentes. En la práctica se diferencia poco del conceptismo.
el determinismo— (determinism) ideología que sostiene que todo hecho es resultado de la causalidad; la herencia y el medio ambiente lo determinan todo; nada depende de la voluntad humana; la libertad es tan sólo una apariencia; base filosófica del naturalismo.
el existencialismo— (existentialism) filosofía que coloca al individuo al centro de la existencia; lo caracterizan el subjetivismo—el yo explica para sí y por sí su propia realidad—y la desesperación con respecto a Dios, al mundo y a la sociedad; el existente se siente solo, y sin esencia; por serle imposible una explicación racional de su existencia, destacan en él la libertad absoluta y la angustia.
el gongorismo— (gongorism) otro nombre que se da al culteranismo, por ser Góngora su mayor exponente.
el idealismo— (idealism) tendencia a idealizar la realidad; polo opuesto del realismo y del naturalismo; concibe como verdadero el mundo de las ideas, al contrario del mundo material que percibimos con los sentidos; filosofía platónica abrazada por el romanticismo y el modernismo.
el Medioevo— (medieval) llamado también la Edad Media; el milenio entre la caída del Imperio Romano y el Renacimiento; revivido y renovado por el romanticismo y el modernismo del siglo XIX, que quieren revalorizar el idioma del Medioevo, las grandes epopeyas nacionales, y los temas caballerescos y orientales, para librarse de formas y temas clásicos.
el modernismo— (modernism) lo caracteriza una lírica brillante y exquisita, de gran colorido y calidad sensual; se basa en la idea de el arte por el arte; predominan las innovaciones métricas, los temas exóticos medievales y orientales, y la originalidad de la palabra; tendencia de libertad y de entusiasmo por la belleza; nace en Hispanoamérica a fines del siglo XIX y dura hasta las primeras décadas del siglo XX; influenciado por las tendencias renovadoras del simbolismo, imprsionismo y parnasianismo franceses; es una reacción, en todos los géneros, contra el romanticismo, el realismo, y el naturalismo.
el naturalismo— (naturalism) quiere documentar con ojo clínico la realidad; la observación se sobrepone a la imaginación; intenta describir con minucioso detalle la vida real, aun en sus aspectos más bestiales; es una forma extrema del realismo y su base ideológica es el determinismo; predomina en la narrativa; tendencia literaria dominante en Francia en la segunda mitad del siglo XIX.
el neoclasicismo— (neoclassicism) domina el siglo XVIII; tendencia de limitada creación; lo caracterizan un formalismo que imita a los clásicos y una frialdad temática; la razón se impone sobre los sentimientos humanos; el neoclasicismo rechaza la creación literaria del Barroco, y busca lograr la sencillez de expresión.
el progresismo— (progressism) ideología que abraza el progreso social y político; cree que el futuro traerá la felicidad de los pueblos mediante soluciones sociopolíticas.
el realismo— (realism) aspira a captar la vida tal y como es; busca la objetividad; lo caracteriza un espíritu de reproducción fotográfica, hasta en el lenguaje coloquial; se opone al idealismo y al romanticismo; del siglo XIX, posterior al romanticismo; predomina en la narrativa. Su forma más extrema es el naturalismo.
el realismo mágico— (magic realism) la realidad objetiva coexiste con elementos fantásticos e insólitos; García Márquez dice que la realidad cotidiana de Hispanoamérica extraña a quien no la conoce: parece de sueños o de mentiras, pero no por ello deja de ser su realidad. Presupone una variedad de perspectivas culturales hispanoamericanas: la indígena, la afrocaribeña, la de Oriente y la europea; tendencia en la narrativa a partir de mediados del siglo XX.
el Renacimiento— (renaissance) período histórico que sigue al Medioevo y precede al Barroco; en España, coincide con la primera parte del Siglo de Oro; comienza con la unidad española bajo los Reyes Católicos y dura hasta fines del siglo XVI; se introducen las formas métricas italianas a imitación de Petrarca; aumenta la producción literaria, y ésta se difunde por toda Europa; se acelera el ritmo de las influencias y evolución literarias; lo caracterizan una mayor variedad y complejidad de temas, tanto religiosos como profanos; se refinan los géneros literarios; predominan los valores y temas clásicos.
el romanticismo— (romanticism) el romántico se afirma en su yo, y en el liberalismo político del siglo XVIII; busca la inspiración auténtica en su propia sensibilidad e imaginación; se siente un ser incomprendido, y, a la vez, único, original; vuelve los ojos al pasado medieval para satisfacer su gusto por lo remoto y lo exótico; lo caracterizan la tristeza y el desaliento, pero no vacila en lanzarse a la vida con celo, saboreando su dolor; suele vivir poco tiempo, pero apresuradamente, y a base de sus pasiones; tendencia que surge como reacción al neoclasicismo; dominante en toda Europa en la primera mitad del siglo XIX, llega tardíamente a las letras hispánicas.
el Siglo de Oro— (Golden Age) llamado también la Edad de Oro; en sus comienzos, coincide con el Renacimiento y con el máximo esplendor imperial de España, entre el reinado de Carlos V (1515–1556) y la derrota de la Armada Invencible (1588); época de brillante producción literaria; lo caracterizan el clasicismo y un espíritu religioso, idealista, y patriótico. Se cierra con la decadencia política de España a fines del siglo XVII y con la muerte del gran dramaturgo Pedro Calderón de la Barca, autor de La vida es sueño, en 1704. Abarca casi dos siglos.
el vanguardismo— (ultramodern) aspira a romper con el pasado; quiere experimentar con temas y técnicas originales; intenta crear una lírica de grandes valores visuales y auditivos. El vanguardista, siempre poco ortodoxo, busca continuamente sorprender; tendencia posterior al romanticismo, al realismo y al naturalismo, nace en el siglo XIX. Una de las manifestaciones del vanguardismo es el modernismo.
Alguna ves hemos leido un libro que nos ha impactado o nos ha llegado a lo mas fondo de nuestra alma, libros que seguramente hemos leido una y otra vez, cuyos autores han sido capaces de transportarnos a otras epocas, realidades o siemplemente hacernos tener un tiempo de paz y sobriedad.
Cuando se habla de Escritores Modelos, hablamos de aquellos escritores de los cuales somos fieles lectores o que nos hemos identificado con sus escritos.
En mi caso puedo hablar de Pablo Neruda, Gabriel Garcia Marquez, Dale Carnegie, Jose Milla, Osho, Isabel Allende, entre otros no porque sea fiel lectora de ellos sino porque alguna vez me he indentificado con sus escritos.
PABLO NERUDA: Neftalí Ricardo Eliecer Reyes Basoalto, más conocido como Pablo Neruda (nacido el 12 de julio de 1904 en Parral, VII Región del Maule, Chile; murió el 23 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile) ganador del Premio Nobel de Literatura en 1971. Es uno de los poetas más editados e influyentes del siglo XX en todo el mundo, «el más leído desde Shakespeare», según el crítico y biógrafo Alastair Reid.
CUÁNTAS VECES, AMOR... Cuántas veces, amor, te amé sin verte y tal vez sin recuerdo, sin reconocer tu mirada, sin mirarte, centaura, en regiones contrarias, en un mediodía quemante: eras sólo el aroma de los cereales que amo.
Tal vez te vi, te supuse al pasar levantando una copa en Angola, a la luz de la luna de Junio, o eras tú la cintura de aquella guitarra que toqué en las tinieblas y sonó como el mar desmedido.
Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria. En las casas vacías entré con linterna a robar tu retrato. Pero yo ya sabía cómo era.
De pronto mientras ibas conmigo te toqué y se detuvo mi vida: frente a mis ojos estabas, reinándome, y reinas. Como hoguera en los bosques el fuego es tu reino.
Citas
"Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas."
"Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida."
"Cuando crezcas, descubrirás que ya defendiste mentiras, te engañaste a ti mismo o sufriste por tonterías. Si eres un buen guerrero, no te culparás por ello, pero tampoco dejarás que tus errores se repitan"
"Debajo de tu piel vive la luna."
"El más grande de los hombres sencillos, nuestro maestro" (Neruda sobre Stalin)
"En un beso, sabrás todo lo que he callado."
"Es tan corto el amor y tan largo el olvido."
"Me gustas cuando callas porque estás como ausente."
"Mi vida está hecha de todas las vidas."
"Para que nada nos separe, que no nos una nada."
"Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera."
"Puedo escribir los versos más tristes esta noche; escribir, por ejemplo: 'La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos'."
"¿Sufre más el que espera siempre que aquel que nunca esperó a nadie? "
"Todo era de los otros y de nadie, hasta que tu belleza y tu pobreza llenaron el otoño de regalos."
"Yo conocí salones cenicientos, túneles habitados por la luna, hangares crueles que se despedían, preguntas que insistían en la arena."
GABRIEL GARCIA MARQUEZ:Escritor, periodista y premio Nobel colombiano. Nació en Aracataca y se formó inicialmente en el terreno del periodismo.
Sus novelas más conocidas son Cien años de soledad (1967), que narra en tono épico la historia de una familia colombiana, y en la cual se pueden rastrear las influencias estilísticas del novelista estadounidense William Faulkner, y El otoño del patriarca (1975), en torno al poder y la corrupción políticos. Crónica de una muerte anunciada (1981) es la historia de un asesinato en una pequeña ciudad latinoamericana, mientras que El amor en los tiempos del cólera (1985) es una historia de amor que se desarrolla también en Latinoamérica. El general en su laberinto (1989), por otro lado, es una narración ficticia de los últimos días del revolucionario y hombre de estado Simón Bolívar. También es autor de varios libros de cuentos como La increíble y triste historia de Eréndira y de su abuela la desalmada (1972) o Doce cuentos peregrinos (1992). García Márquez ha despertado admiración en numerosos países occidentales por la personalísima mezcla de realidad y fantasía que lleva a cabo en sus obras narrativas, situadas siempre en Macondo, una imaginaria ciudad de su país. Su última obra publicada, Noticia de un secuestro (1996), es un reportaje novelado sobre el narcoterrorismo colombiano. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982.
FRASES
El periodismo es el mejor oficio del mundo.
Lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir no cuando es no.
La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla.
El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar.
DALE CARNEGIE: Seudónimo de Dale Breckenridge Carnegie (*24 de noviembre de 1988 , † 1 de noviembre de 1955 ), empresario y escritor de libros de auto ayuda estadounidense .
Carnegie fue promotor de lo que ahora se llama asunción de responsabilidades, aunque esto sólo aparece puntualmente en sus escritos. Una de las ideas centrales de sus libros es que es posible cambiar el comportamiento de los demás, al cambiar nuestra actitud hacia ellos
**Libro favorito: LINCOLN, EL DESCONOCIDO**
JOSE MILLA:Uno de los principales escritores guatemaltecos, destacado y considerada su obra como patrimonio nacional. Sus libros están firmados bajo el pseudónimo de Salomé Jil.
OSHO: Desde su más temprana edad en India, Osho fue un espíritu rebelde e independiente, retando todas las tradiciones religiosas, sociales y políticas, e insistiendo en experimentar la verdad por sí mismo, en vez de acumular conocimientos y creencias dadas por otros No pertenece a ninguna tradición: "Soy el comienzo de una conciencia totalmente nueva", ha dicho. "Por favor, no me conectes con el pasado, ni siquiera vale la pena recordarlo".
Osho dejó su cuerpo el 19 de enero de 1990. Justo unas semanas antes se le preguntó qué pasaría cuando se fuera. El respondió: "Mi confianza en la existencia es absoluta. Si existe algo de verdad en lo que digo, sobrevivirá... La gente que se mantenga interesada en mi trabajo, simplemente estará llevando la antorcha, pero sin imponer nada a nadie...
"Continuaré siendo una fuente de inspiración para mi gente. Y eso es lo que la mayoría de mis sannyasins sentirá. Deseo que crezcan por sí mismos - cualidades como el amor, en torno al cual no se puede crear ninguna iglesia; como la conciencia, que no es el monopolio de nadie; como la celebración, el regocijo, la mirada inocente del niño..."
"Deseo que la gente conozca de si misma y a que no sea según algún otro; que conozca el centro de su ser".
ISABEL ALLENDE: nació el 2 de agosto de 1942 en Lima. Es una conocida escritoray dramaturga chilena. Está considerada la más popular novelista iberoamericana. Ha vendido más de 35 millones de ejemplares y su trabajo ha sido traducido a más de 27 idiomas.
En las novelas de Isabel Allende se encuentran ciertos elementos propios del realismo mágico, una técnica literaria que consiste en mezclar lo real con lo sobrenatural. Isabel Allende escribió numerosos libros, entre ellos, "De amor y de sombra" (1984), "Eva Luna" (1987) y "Paula" (1995), dedicado a su hija.
FRASES
Escribir es como hacer el amor. No te preocupes por el orgasmo, preocúpate del proceso.
Para las mujeres el mejor afrodisiaco son las palabras, el punto g está en los oídos, el que busque más abajo está perdiendo el tiempo.
A pesar de la energía del movimiento que suscita el Modernismo de Rubén Darío, es Leopoldo Lugones el que, con su fuerte personalidad recoge y fecunda con timbre propio, el sentido vital de aquella poética, "...con la pretensión de crear un arte en el que la ética y la estética se encontraran fuertemente unidas...". Lugones desea fascinar y lo hace, exagerando su virtuosismo, reuniendo en un sueño todo el sentido del amor y la muerte a través de unas metáforas revueltas en una tempestad de complicaciones sintácticas.
En Los crepúsculos del jardín se anima a trasladar al castellano el verso libre francés, pero en conjunto son metros de maestría clásica los que predominan. Versos magistrales aunque sin incidencia íntima. Sus «delicadezas» subsisten como mera estampa decorativa y a través de su lirismo cerebral, la poesía lugoniana cumple simple y llanamente con las convenciones del programa colorista e impresionista del Modernismo. La búsqueda de artificios le lleva a crear Lunario sentimental, un libro dedicado a la luna que se convierte en una de las mejores historias poéticas del autor y que se analizará en la siguiente entrega de este trabajo.
Respecto a la narrativa, es un hombre hábil, aunque no un gran prosista. Su pericia en el uso de una lengua enriquecida a fuerza de estudio y reflexión no está acompañada siempre de buenas ideas. Trabaja el lenguaje con algo del barroquismo de Quevedo, pero en medio de las pautas creadas por el Modernismo, Lugones crea una expresión brutal, rebuscada, densa, con descripciones forzadas de efectos impresionistas. Su talento no obstante lo rotula en Las fuerzas extrañas (1906) y en Cuentos fatales (1924). Son relatos breves, —algunos admirables como «Yzur» (en el que nos detendremos en este estudio)— fantásticos en algunos casos, donde se aprecia una inspiración con impreciso arrebato oriental, mitos clásicos y hechos pseudocientíficos. Son un enlace entre el relato modernista y el cientifista, revelándonos en todos ellos la avispada invención de Wells y la fantasía de los relatos de Edgar Allan Poe.
Los tópicos y universales temas del amor y la muerte se despliegan sin prejuicio en la obra de Lugones. La muerte aparece casi constantemente, algunas veces en forma de suicidio y el amor se une a la idea de una felicidad casi desprovista de angustia vital, aunque algún reprimido volcán interno, alguna secreta inquietud, puede que le acompañasen desde sus primeros versos o que esa mirada postergada hacia la luna, le llevaran a la muerte voluntaria. La carta que dejó escrita a lápiz en aquel viernes 18 de febrero de 1938, decía:
«Pido que me sepulten en la tierra, sin caja y sin ningún signo ni nombre que me recuerde. Prohíbo que se de mi nombre a ningún sitio público».
Pero Lugones no consigue esta tajante voluntad de olvido, su exuberancia y su ardor dialéctico suponen un adelanto claro a lo que se estaba haciendo en Hispanoamérica, y es a partir de su renovadora obra cuando la mano del universo creativo argentino se abre para absorber toda la poesía en un puño continental. Exageradamente, pero lo hace.
Bibliografía I de Leopoldo Lugones (1874-1938)
Poesía
1893, Los mundos.
1897, Las montañas del oro.
1905, Los crepúsculos del jardín.
1909, Lunario sentimental.
1910, Odas seculares.
1912, El libro fiel.
1917, El libro de los paisajes.
1922, Las horas doradas.
1924, Romancero.
1927, Romances solariegos.
1938, Romances del Río Seco (póstumo).
Narrativa
1905, La guerra gaucha.
1906, Las fuerzas extrañas.
1924, Filosofícula.
1924, Cuentos fatales.
1926, El ángel de la sombra.
Destacan por su abundancia otras obras en las que muestra sus ideas políticas, su interés por la Grecia antigua, por los temas autóctonos y por el fomento de la cultura nacional, y otras abiertamente científicas y con un marcado carácter didáctico, que serán reseñadas en el próximo número de la revista.
Bibliografía sobre el autor
1946, Lugones (hijo), Leopoldo. Mi padre, Buenos Aires: Huemul.
1955, Ara, Guillermo. Leopoldo Lugones, la etapa modernista, Buenos Aires: Industrias Gráficas Aeronáuticas.
1958, Ara, Guillermo. Leopoldo Lugones, Buenos Aires: La Mandrágora, 2ª edic.
1957, Jiménez Pastor, A. Historia de la literatura Argentina, Buenos Aires: Pleamar.
1960, Jitrik, Noé. Leopoldo Lugones, mito nacional, Buenos Aires: Palestra.
1963, Maiorana, María Teresa. "L'imitation de Notre Dame la Lune y el Lunario Sentimental", en Boletín de la Academia Argentina de Letras, núms. 107-108, Buenos Aires, págs. 131-161.
1965, Borges, Jorge Luis. Leopoldo Lugones, Buenos Aires: Editorial Pleamar.
1965, Berg, Mary G. "Para la bibliografía de Lugones", Hispanic Review, 36, págs. 353-357.
1967, Lugones (hijo), Leopoldo. "Estudio preliminar" a Cuentos fatales de Leopoldo Lugones, México: Aguilar.
1968, Irazusta, Julio. Genio y figura de Leopoldo Lugones, Buenos Aires: Eudeba.
1968, Omil, Alba. Leopoldo Lugones, poesía y prosa, Buenos Aires: Nova.
1971, Viñas, David. "Lugones: diagnóstico y programa" en Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar, Buenos Aires: Siglo XXI, págs. 237-240.
1971, Corro, Gaspar Pío del. El mundo fantástico de Lugones, Córdoba: Universidad de Córdoba.
1973, Capdevilla, Arturo. Lugones, Buenos Aires: Aguilar Argentina, S.A.
1973, Bietti, Oscar. "Leopoldo Lugones juzgado por sus contemporáneos (1874-1938)en La Prensa, Buenos Aires.
1973, Yúrkievich, Saúl. "Leopoldo Lugones o la pluralidad operativa" en Celebración del Modernismo, Barcelona: Tusquets, págs. 49-74.
1979, Cavallari, Héctor. "El Lunario sentimental de Leopoldo Lugones: notas para una lectura cómplice", en Proceedings of the Pacific Northwest Conference on Foreign Languages, 30:1-2, págs. 145-148.
1982, Foster, David W. Argentine Literature. A Research Guide, New York y Londres: Garland Publishing Inc., 2ª edic. revisada y aumentada.
1983, Borges, Jorge Luis y Bettina Edelberg, "Leopoldo Lugones" en Obras completas en colaboración, 2, Madrid: Alianza Editorial-Emecé, págs. 11-62.
1984, Catelli, Nora. "El amor secreto de Leopoldo Lugones" en La Vanguardia, Barcelona.
1984, Allegra, Giovanni. El reino interior, Madrid: Encuentro.
1984, Riquer, Martín y José M. Valverde. Historia de la literatura universal, Barcelona: Editorial Planeta, vol. VIII.